Frère Rufin (portada)

Capítulo IX: La familia

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Comenzaremos por releerlas primeras líneas del Génesis, ya que esclarecen lo referente a la existencia conyugal y familiar. Luego descubriremos en algunos escritos de Francisco (aunque en realidad no haya escrito nada verdaderamente específico respecto a la familia), ciertas líneas que se adaptan a la perfección a la vida en familia. Por último, terminaremos nuestro capítulo con la meditación del artículo 17 de nuestra regla, el cual comienza con palabras que son como un sinónimo del Amor agapao: Vivan en la propia familia…

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AL PRINCIPIO

Varón y hembra los creó

En el Génesis vemos que la creación del hombre es, a la vez, masculina y femenina. Su culminación no se produce más que con la creación de la mujer. Eso es lo que nos dicen los dos relatos sucesivos de la creación: el relato sacerdotal (Gn 1, 26-27) y el relato yahvhista (Gn 2, 18-27). Como ya hemos podido evocarlo en el primer capítulo de este manual, de ambos relatos de la creación se deduce que el hombre y la mujer son, en su conjunto, la imagen total de Dios. Cada uno de ellos tomado por sí solo no es más que una imagen parcial. Uno y otro son esencialmente complementarios e iguales en dignidad. Esta conclusión nos es sugerida por los dos relatos de la creación, que aunque se expresan en un lenguaje muy diferente en el fondo son equivalentes. Efectivamente, mientras que el primer relato nos muestra al hombre y a la mujer creados juntos para ser juntos la imagen de Dios, en el segundo relato el hombre, creado por un acto muy especial de Dios, es por ese motivo superior a todos los otros seres de la creación y sólo en la mujer encuentra a un ser que se le parece * Feuillet, P. André, P.S. Sulp., Jésus et sa mère d’après les récits Lucaniens de l’enfance et d’après Saint Jean – Le rôle de la Vierge Marie dans l’histoire du salut et la place de la femme dans l’Église, J. Gabalda y Cie. Editeurs, París, 1974, p. 202. Lo esencial de los contenidos expuestos en los cuatro primeros apartados de este capítulo se ha tomado de las páginas 201-213 de esta obra (los extractos han sido modificados; los subtítulos son agregado nuestro).. Así se explica el lenguaje de los profetas que compara el amor de Dios unas veces al amor paternal y otras veces al amor maternal. La principal fuente de uno y otro amor se encuentra en Dios y sólo encuentra en Él.

Sin embargo, en virtud de la voluntad misma del Creador, la mujer, tan diferente del hombre, es de cierta manera su culminación. Es por eso que, únicamente después de la creación de la mujer, el hombre dice un “sí” cordial a la creación llevada a cabo por Dios. Tal es la segunda verdad enseñada por el relato yahvhista de la creación. Dios mismo proclama que no es bueno que el hombre esté solo (Gn 2, 18). Si bien la soledad y el silencio se asemejan a los sacramentos que permiten acceder a Dios (la  llevaré –a mi esposa-al desierto y le hablaré al corazón, Os 2, 16), por otra parte el aislamiento egoísta no vale nada para el hombre. Cuando Dios dice: voy a hacerle una ayuda adecuada a él (Gn 2, 18), no se trata solamente de la formación de la primera pareja humana con miras a la multiplicación de la especie humana. No se menciona una sola palabra de esta multiplicación en la escena extraordinaria del Gn 2, 18-24, que comienza con estas palabras: No es bueno que el hombre esté solo… y termina con aquellas: y vienen a ser los dos una sola carne. La ayuda material que la mujer puede aportar al hombre no es tampoco lo que se pretende en primer lugar pues, a este respecto, los animales también son un socorro para el hombre. Traducido literalmente el texto hebreo quiere decir: “una ayuda para el hombre que sea su reflejo perfecto, su compañera perfecta (traduciendo palabra por palabra daría: “que esté como frente a él”). En Gn 18-25, el acento se pone en la irremplazable ayuda espiritual que la mujer procura al hombre: el hombre necesita de un ser de su misma naturaleza, que le haga salir de su aislamiento espiritual gracias a la comunicación mutua de pensamientos y al mutuo desahogo de sentimientos.

Hueso de mis huesos y carne de mi carne

En todos los planos (y no tan sólo en el plano biológico, que no es más que un aspecto de una realidad incomparablemente más rica), el hombre pide una ayuda que se asemeje a él. Mientras que, por su lado, “la mujer conoce en silencio”, el hombre, “portador del Logos (es decir, del verbo, de la palabra como revelador), que necesita decir algo, nombrar y describir”, es encargado por Dios mismo de nombrar a todos los seres de la creación: Entonces Yahveh-Dios formó del suelo todos los animales del campo y todas las aves del cielo, y los llevó ante el hombre para ver qué nombre les daba; y todo ser viviente llevaría el nombre que le impusiera el hombre. Gracias a esta designación de los nombres se efectúa un acto de creación en segundo grado, acto por medio del cual el hombre se apropia mentalmente de las criaturas como objetos. Pero el hombre no encuentra entre todos esos seres una ayuda adecuada a él. Por muy rico y aprovechable que sea este nuevo universo –tanto, que ha despertado en el hombre la nostalgia de un ser de su misma naturaleza-, no contiene aún la ayuda correspondiente. El hombre busca esta ayuda hasta el momento en el que Dios hace nacer de él un ser que es como su mitad y sin el cual, desde todos los puntos de vista, permanecería verdaderamente incompleto. Y es sólo entonces cuando el hombre conoce una alegría sin nubes: Ésta sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne (Gn 2, 23).

El texto bíblico está cargado de sentido bajo su apariencia ingenua. Adán buscaba una ayuda que fuese semejante y diferente a la vez. Descubre maravillado que, en realidad, la persona que está enfrente no es otra sino él mismo; es otro aspecto de su ser, pero que al que solo puede experimentar bajo la forma de un “tú”. Por su amor la mujer, de cierta forma, hace nacer al hombre, todo a la vez, a sí mismo y al prójimo. Es así como el hombre, al nombrar a la mujer, se da a sí mismo un nombre: Se llamará varona, porque del varón  ha sido tomada (el hebreo juega con los términos ishsah, “mujer” eish, “varón”).

La mujer es gloria del varón

San Pablo nos sugiere también la verdad desarrollada en el texto del Génesis. Según el Apóstol de los Gentiles, mientras que el hombre es imagen y gloria de Dios, la mujer, en cambio, es gloria del varón (1 Cor 11, 7). Comprendamos bien lo que quiere decir esto: no se trata (en modo alguno) de una forma de rebajar a la mujer. Santo Tomás de Aquino, en el comentario de este pasaje, nota que Pablo evita retomar la palabra “imagen” a propósito de la mujer (imagen del hombre, habría escrito entonces), porque ella es, también, la imagen directa de Dios. Pero al mismo tiempo es la gloria del hombre. Ahora bien, en el Nuevo Testamento la palabra gloria es empleada varias veces en el sentido de fuente o medio de glorificación. El hombre es gloria de Dios en el sentido de que lo glorifica manifestando sus atributos. La mujer es gloria del hombre en el sentido de que ella lo glorifica, lo honra, ya que no es solamente su igual, sino también su complemento, y porque le aporta, a través de esta misma complementariedad, una riqueza irremplazable, tal y como lo muestra el segundo relato de la creación: en este relato, ella es precisamente esa ayuda que el hombre necesitaba y de la que se muestra tan orgulloso. Si la mujer es para el hombre tal riqueza, hueso de sus huesos y carne de su carne, no debe por tanto fijar sobre ella misma y sobre su belleza la mirada y el deseo del hombre, y el hombre tampoco debe limitar su deseo a la mujer.

Si Adán se liga a Eva apenas saliendo de las manos del Creador es porque descubre en ella la culminación de esta imagen de Dios que es él mismo; es decir, en definitiva, una manifestación del amor que el Creador ha tenido hacia él. Reenviando a Adán su propia imagen, que es una imagen de Dios, Eva dirige a Adán hacia Dios. Es su papel dirigir a Adán, no sólo hacia ella misma, sino todavía más hacia Dios. Aún más, el hombre y la mujer, en su conjunto, no podrán realizarse sin renunciarse y tornarse hacia Dios pues, hechos a imagen de Dios, tienen el deber de ser siempre más de lo que ya son: “a imagen de Dios”.

Sed fecundos y multiplicaos; llenad la tierra y dominadla

Las primeras páginas del Génesis permiten entrever ya cuán profundamente el hombre y la mujer, iguales en dignidad, son diferentes y complementarios el uno del otro, no sólo fisiológica sino también psicológicamente. No hay nada de arbitrario en la diferenciación de las funciones que el Creador atribuye al hombre y a la mujer; la diferenciación está inscrita en su mismo ser.

Nacido del barro el hombre está dirigido, más que la mujer, hacia el mundo exterior de donde ha sido sacado: debe emplear su fuerza para conquistarlo y cultivarlo. Desde luego, es al hombre y a la mujer en su conjunto a quienes el relato sacerdotal asigna una especie de virreinato sobre el universo: Multiplicaos; llenad la tierra y dominadla (Gn 1, 28). Pero el relato yahvhista sugiere que en ese dominio la iniciativa le corresponde al hombre. Está encargado de someter el universo material a sí mismo, papel que, por otra parte, sólo puede ejercer fácilmente permaneciendo él mismo sometido a Dios. Pero tras la caída, el universo material está también en contra del hombre que intenta someterlo, porque él mismo está en contra de Dios: Por haber escuchado la voz de tu mujer y haber comido del árbol del que te había prohibido comer (…) maldita será la tierra por tu causa; con trabajo sacarás de ella el alimento todos los días de tu vida (Gn 3, 17).

A la mujer, por su parte, se le ha atribuido una función muy diferente y, en varios aspectos, más noble. No nació del barro como el hombre, sino de una de las costillas del primer hombre, es decir, del mismo corazón humano. Ante todo, está dirigida hacia lo humano, ¡para así educar y hacer progresar al hombre dirigiéndolo hacia Dios! ¿Acaso no hace ya progresar al primer hombre en el conocimiento de su vocación? Sólo al verla comprende con plenitud lo que es él mismo y lo que es ante los ojos del Creador. Y es en sus actividades esenciales (como madre y esposa) que la mujer es golpeada por la condenación tras la caída: Multiplicaré los sufrimientos de tus embarazos; darás a luz hijos con dolor. Ansiarás a tu marido y él te dominará (Gn 3, 16).

Se trata de degradaciones del estado primitivo (las cuales, como podemos verlo, son específicas a la actividad esencial de uno y otro). No deben entonces buscarse en cuanto a tales ni están destinadas a justificar comportamientos que podrían así calificarse de desviados (el hombre no tiene que someter a la mujer a su dominio. San Pablo escribirá: mujeres, sed sumisas a vuestros maridos (Ef 5, 22). No escribió: maridos, someted a vuestras mujeres) A estas degradaciones se agrega la muerte (Gn 3, 19) y la pérdida de la familiaridad divina (Gn 3, 23). Se trata de penas hereditarias. Cristo salvador vendrá a redimir a la humanidad. Reconciliará al hombre con su Creador; y finalmente, por medio de su resurrección, obtendrá la victoria sobre la muerte.

Vienen a ser los dos una sola carne

Esta afirmación del Génesis, ¿no debe ser entendida bajo su sólo aspecto carnal, incluso si lo incluye plenamente? Si tal fuera el caso, ¿no significaría caer en una cierta idolatría de la sexualidad que injuriaría a la mujer y también al hombre? Para responder a estas preguntas, nos ayudaremos (en parte) con la obra de un filósofo cristiano del siglo XX * Clement, Marcel, Un seul cœur, une seule âme, une seule chair, Eds. de l’escalade, 1977, pp. 42-48 y 55-59 (extractos)., obra cuyo título Un seul cœur, une seule âme, une seule chair (Un solo corazón, una sola alma, una sola carne) ofrece ya una ilustración preciosísima sobre la respuesta que ha de darse a las preguntas planteadas líneas arriba.

Deja el hombre a su padre y a su madre; sin renegar de ninguna manera a los padres, el Génesis nos enseña que la realización de la propia vocación del hombre pasa por esta “ruptura parental”. El Génesis nos precisa también el “por qué” de esta necesaria separación: para unirse a su mujer. Se presume con esto que toda persona humana está llamada a unirse en matrimonio. En primer lugar, este matrimonio se hace en María y en la Iglesia, pues todas nuestras almas, restituidas sin mancha e inmaculadas por el sacrificio del Hijo de Dios, son llamadas a consentir esta unión de amor con Cristo, quien las ha redimido con el precio de su sangre. Es así como ciertas almas están marcadas por toda la eternidad para consagrar su virginidad al esposo divino. Estas almas, nos dice nuestro soberano pontífice Pío XII, “renunciando a las alegrías de la carne en el matrimonio, buscan la significación secreta, y en lugar de imitar lo que se practica en el matrimonio, aspiran a lo que éste simboliza” * Pío XII, Encíclica De Sacre Virginitate.. Pues por muy nobles que sean en su simple realidad humana, las nupcias sacramentales son además y por gracia el signo de la perfectísima unión de Cristo y su Iglesia (Ef 5, 32). Es así como, meditando sobre la fecundidad eterna del Amor increado, podemos descubrir, iluminada con su altísima luz, la significación última de la unión temporal de los esposos, manifestada en una mutua, indisoluble y fecunda donación. Esto no es tan sólo físico. La fecundidad simplemente física de las plantas y de los animales no comporta ninguna realidad espiritual de conocimiento y de amor. Por el contrario, el matrimonio del hombre y la mujer es a la vez una realidad espiritual y una realidad física. Requiere conocimiento espiritual y amor espiritual, ternura en los corazones y fusión de cuerpos. Porque el hombre y la mujer son imagen de Dios, pero modelados en una carne viva, sometida a los crecimientos de la generación y a las degeneraciones de la corrupción, deben a la vez contemplar el misterio del amor divino que habita su alma y aceptar la humildad de los amores humanos, con sus timideces, sus impaciencias, y también sus servidumbres. Absoluto en su determinación espiritual, dependiente de las servidumbres de la carne en su expresión más humilde, el amor de los esposos requiere una dulce, pero lenta y larga paciencia para realizarse en una unidad creciente. Requiere de esta paciencia tanto más que el enemigo invisible de la humanidad rechaza la encarnación del Verbo y su imagen -la encarnación del amor en el matrimonio- con un idéntico movimiento de odio. El amor del hombre y de la mujer es entonces amenazado sin cesar por Satanás, que por un lado sugiere despreciar la carne -su generación-, y por otro intenta persuadirlos de hacer de ella un absoluto, un ídolo y de delectarse en ella, sin tregua ni fin. En las dos tentaciones, es siempre a la fecundidad del amor a lo que el demonio se avoca, con el objetivo de aniquilar el mismo amor.

La intimidad espiritual de los esposos, precisamente en la medida en que el sacramento que los une reproduce la unión de Cristo y su Iglesia, es la más profunda y la más total intimidad que pueda unir a dos bautizados sobre esta tierra. Es la intimidad de dos personas a las que el sacramento une de manera tan interior que, vivida en su plenitud, puede realizar la comunión de corazones, de almas, de espíritus, en la finalidad de su vocación. ¿A que consienten, por medio del “sí” sacramental, aquellos que deciden recibirse por esposo y esposa? En esencia, a una intimidad que no será ya simplemente la libre y revocable unión de las almas de los prometidos, sino que será la ofrenda irrevocable del alma de uno al alma del otro, para responder juntos a la nueva y común vocación que se expresará en la “posesión” de cuerpos. Es entonces, de cierta manera, un título de propiedad que cada esposo consiente en dar al otro sobre sí mismo: Mi amado es mío y yo soy suya (Cant 6, 3). Pero por supuesto, los derechos recíprocos que nacen de esta mutua pertenencia se miden con respecto al fin al que están subordinados: la fecundidad del amor y el goce de este amor. Es decir que el aspecto exclusivo de esta propiedad que cada uno consiente de sí en el apego al corazón del otro, no puede traducirse, recíprocamente, más que por un respeto que brota siempre de cada uno para la efusión de la libertad del otro. Si cada uno de los esposos permanece, a lo largo de toda la vida conyugal, preocupado por darse y no por tomar, preocupado por consagrarse y no por consagrar el otro a sí, lleno de atención para ayudar al otro, aliviar al otro, esperar en el otro, consolar al otro y, cuando es necesario, perdonar las pesadeces del otro, esta pertenencia recíproca por la vocación del matrimonio tendrá su verdadero significado. El sacrificio afectuoso y permanente, libre y espontáneo de cada uno por el otro.

En cierta manera, se puede incluso decir que el consentimiento conlleva una cierta transparencia recíproca de las almas de los esposos. Ninguno tiene el derecho de forzar al otro. Pero si la sencillez de los corazones en la luz del Espíritu Santo conduce a los dos esposos a decirse uno al otro cómo son, con sus defectos y sus debilidades, con sus egoísmos y sus orgullos, con su deseo de hacerse ayudar… o a veces con el miedo de ser “demasiado” ayudado por el otro, entonces estarán ya, en sus almas y en la verdad, bajo la mirada de uno y otro. Conociéndose sin ninguna mentira, perdonándose sin ninguna reserva lograrán, por medio de este despojo espiritual, una desnudez en el abandono de las almas que dará su sentido total a los gestos que develan, en el tierno abandono de los cuerpos, lo que no se entrega más que en el matrimonio. No cabe ninguna duda de que esto sea el plan de Dios, pues antes del relato de la caída original el Génesis concluye: …vienen a ser los dos una sola carne. Estaban ambos desnudos, el hombre y su mujer, pero no sentían vergüenza (Gn 2, 24-25).

¿Qué es la familia?

Remontar al origen del gesto creador es una necesidad para la familia si quiere conocerse y realizarse según la verdad profunda, no solamente de su ser, sino también a nivel de su acción en la historia. La familia está constituida en tanto que “comunidad profunda de vida y amor” * Concilio Ecuménico Vaticano II, Constitución Pastoral Gaudium et spes (sobre la Iglesia en el mundo actual), 48.. Y la familia tiene la misión de convertirse cada vez más en lo que ya es, o sea, en una comunidad de vida y amor, en una tensión que encontrará su conclusión –como toda realidad creada y salvada- en el Reino de Dios. En una perspectiva que alcanza las mismas raíces de la realidad, hay que decir que la esencia de la familia y sus deberes son definidos por el amor. Es así como la familia recibe la misión de guardar, de revelar y de comunicar el amor. Este amor es el reflejo vivo y la participación real del amor de Dios por la humanidad, y del amor de Cristo nuestro Señor por su esposa la Iglesia.

Es entonces en el designio de Dios Creador y Redentor que la familia descubre no solamente su “identidad”, lo que “es”, sino también su “misión”, lo que puede y debe “hacer”. Familia, “conviértete” en lo que “eres” * Juan Pablo II, exhortación apostólica Familiaris consortio, 17, Pierre Tequi Editor, 1981.: una profunda comunidad de vida y de amor.

EXHORTACIONES DE FRANCISCO PARA LA FAMILIA

Francisco, recomendando a todos la caridad, exhortaba a mostrar afabilidad e intimidad de familia. “Quiero –decía- que mis hermanos se muestren hijos de una misma madre; y que a uno que pidiere la túnica, la cuerda u otra cosa, se la dé el otro generosamente” (…) Y, con el fin de no decir tampoco en esto algo que Cristo no hiciera por él, era el primero en hacerlo (2C 180).

En los escritos de Francisco no encontramos textos que se dirijan de manera específica a la familia. Sin embargo, muchos de sus escritos son directamente “trasladables” a aquélla. Para nutrir nuestra reflexión retomaremos entonces algunos de sus escritos. Constataremos, una vez más, que la espiritualidad de Francisco, por muy orientada que esté hacia Dios Uno y Trino, es una espiritualidad “práctica”, es decir, que puede ponerse en acción de manera concreta en nuestra vida cotidiana. Para Francisco, se trata de la búsqueda de los esponsales del alma con Cristo, pero éstos se realizan en la vida de cada día. Como puede imaginarse, esos diversos textos no nos darán una exposición completa de lo que debe animar la vida de una familia, pero nos ofrecerán numerosas pistas. A modo de introducción planteemos a Francisco las siguientes cinco preguntas y veamos cuáles son las respuestas que nos ofrece:

Ni disputas ni difamación, sólo amor fraternal y espíritu de pobreza

Podemos preguntarnos, ¿cómo se puede conciliar el espíritu de pobreza y la vida en familia? E incluso, ¿hay relación entre ambos? ¿Acaso no compartimos “todo” en una familia, sin que por tanto deba considerarse, en esta puesta en común, un espíritu de pobreza cualquiera? Las líneas que siguen aportarán las respuestas a estas interrogantes.

Tenemos que, en la vida de una pareja, en la vida de una familia, muchos momentos de la existencia colman a los individuos. Si echamos mano de una metáfora “meteorológica”, sería como el “sol radiante” bajo un “cielo sin nubes”. Pero de la misma forma en que el “humor del cielo” no es constante, hay también, en la vida de pareja y de familia, días “nublados”, “lluviosos”, “tormentosos” o, peor aún, “cataclísmicos”. Por supuesto, las posibles causas de esos malos días son múltiples. Pueden ser, por ejemplo, consecuencia del simple cansancio, y es entonces cuando “se disparan”: las palabras superan rápidamente al pensamiento y ahí está el conflicto. Pueden también provenir de un(os) carácter(es) tajante(s), recto(s), de la falta de virtud de uno, de un amor posesivo o egoísta del otro, de la pereza de uno o del amor excesivo por el orden del otro, de la disminución del sentimiento amoroso… Una de las primeras consecuencias de estos defectos es la aparición de la oposición del otro. El cónyuge dirá (o pensará): “No me casé para escuchar o sufrir esto; si no reacciono enseguida, él (ella) continuará”. El hijo, por su parte, dirá: “él empezó”, intentando justificar (y “absolver”) la brutalidad de su reacción. En pocas palabras, no hay que dejar pasar nada sin reaccionar: ojo por ojo y diente por diente. Y así, para comenzar, intentará adherir a su causa a todo el entorno familiar, y luego irá incluso más allá del círculo familiar. Se recordarán otros hechos desagradables, más antiguos, para demostrar que “es la gota que derrama el vaso”… El individuo dispone entonces de un arma, temible entre todas, para expresar su odio: su lengua.

Para evitar la llegada o la multiplicación de los malos días, Francisco me da una “receta” en su regla primera: Y guárdense todos los hermanos de calumniar y de enfrentarse a nadie de palabra, sino, más bien, esfuércense por guardar silencio, siempre que Dios les dé la gracia. Y no litiguen entre sí ni con otros, sino procuren responder humildemente, diciendo: Soy un siervo inútil. Y no se aíren, porque todo el que se deja llevar por la ira contra su hermano será condenado en el juicio; el que llame a su hermano “imbécil”, será condenado por la asamblea; el que le llame “renegado”, será condenado al fuego del quemadero. Y ámense mutuamente, como dice el Señor: Éste es mi mandamiento: que os améis mutuamente, como yo os he amado. Y muestren con obras el amor que mutuamente se tienen, como dice el apóstol: No amemos de palabra y de boca, sino con las obras y de verdad. Y no hablen mal de nadie; no murmuren ni difamen a otros, porque está escrito: Los  murmuradores y los difamadores le son odiosos a Dios. Y sean modestos, mostrando una total mansedumbre con todos los hombres; no juzguen, no condenen. Y, como dice el Señor, no se fijen en los más pequeños pecados de los demás, antes, al contrario, consideren atentamente los propios en la amargura de su alma. Y empéñense en entrar por la puerta estrecha, porque dice el Señor: Estrecha es la puerta, y angosto el camino que lleva a la vida y son pocos los que lo encuentran (1R 11).

Amar al que te pega en la mejilla

No obstante todas estas buenas disposiciones que hay que poner en acción en la vida cotidiana llegan, a pesar de todo, “días menos buenos”. Francisco, que no idealiza la naturaleza humana, evoca con extrema claridad este peligro en su admonición 14, peligro inevitablemente frecuente en la vida corriente, y me da la solución que hay que poner en práctica para que yo viva concretamente el espíritu de pobreza: …Hay muchos que, entregados constantemente a la oración y las devociones, hacen muchas abstinencias y mortificaciones corporales, pero por una sola palabra que parece ser injuriosa para su propio yo o por cualquier cosa que se les quita, se escandalizan enseguida y se alteran. Estos tales no son pobres de espíritu, porque quien es de verdad pobre de espíritu se odia a sí mismo y ama a los que le pegan en la mejilla.

Aquí podemos ver bien la “espiritualidad práctica” de Francisco. No intenta desempatar a dos oponentes o darle la razón a uno u a otro. Más bien, en una situación conflictiva, Francisco nos reenvía a nosotros mismos. Si el otro comete una injusticia hacia mi querido “yo”, entonces, no debo escandalizarme. Nos invita a evitar airarse y turbarse por el pecado de alguno, porque la ira y la turbación impiden en sí y en los otros la caridad (2R 7, 3). No debo buscar que el otro “me las pague”. Por el contrario debo intentar, a ejemplo de nuestro Redentor que ha sabido formular esta oración en la cruz: “no les tomes en cuenta este pecado” (Hch 60), amar aún más al o a la que me ha hecho mal. ¿Francisco considera que eso es algo fácil? No. Sabe incluso que es algo muy difícil, sobre todo si los problemas son importantes. Es por eso que no duda, en su Paráfrasis del Padrenuestro, en invocar al Señor, reconociendo con humildad nuestra incapacidad para perdonar plenamente: Y lo que no perdonamos plenamente, haz tú, Señor, que plenamente lo perdonemos. Y continúa enumerándonos, a la vez, los medios y los frutos de esta humilde oración: ¡para que por ti amemos de verdad a los enemigos y por ellos intercedamos devotamente ante ti, no devolviendo a nadie mal por mal, y para que nos esforcemos por ser en ti útiles en todo (ParPN 8).

Compasión por el prójimo

Dichoso el hombre que, en su fragilidad, soporta a su prójimo en aquello que querría que le soportara a él si estuviera en una situación semejante. Cuando se toma el tiempo de meditar esta admonición de Francisco (Adm 18), la más corta de todas, constatamos que es una verdadera joya de vida fraternal, particularmente en la vida en familia. En efecto, ¿qué hay más cercano, como prójimo, que el cónyuge, el hijo, el padre o la madre, el hermano o la hermana? Francisco nos prescribe en esta admonición la compasión por el prójimo, es decir, ese testimonio de amor que nos hace participar íntimamente en la prueba que atraviesa el otro y que se puede traducir literalmente por: “sufrir con él”. Es exactamente el sentimiento de amor y de misericordia que Dios ha prodigado a la humanidad sufriente: Despreciado y abandonado. En verdad, él llevó nuestras enfermedades y nuestros dolores él se los cargó (Is 53, 3-4). Francisco nos invita a apoyar a nuestro prójimo en los sufrimientos y en las adversidades, es decir, a ayudarlo a mantenerse de pie, ya sea en un aspecto espiritual o en un aspecto más físico: Y donde quieran que estén y se encuentren unos con otros los hermanos, muéstrense mutuamente familiares entre sí. Y manifieste confiadamente el uno al otro su necesidad, porque si la madre nutre y ama a su hijo carnal, ¿cuánto más amorosamente debe cada uno amar y nutrir a su hermano espiritual? Y si alguno de ellos cayera enfermo, los otros hermanos le deben servir como querrían ellos ser servidos (2R 6, 7-9). Vemos que Francisco, a través de sus escritos, jamás nos invita a erigirnos en “Superman”, lo que equivaldría a decirnos: “¡Atención, vais a ver lo que vais a ver! ¡Soy la solución a todos vuestros problemas!” ¡No! Francisco, siempre mesurado y equilibrado en su apreciación de la naturaleza humana, nos invita a la humildad a través de la acción: apoyar al prójimo en nuestra fragilidad (y no en nuestra fuerza) nos dice en su admonición, e incluso: manifieste confiadamente el uno al otro su necesidad, nos precisa en su regla. Pues siempre se tiene “necesidad del otro”, de la misma forma en que el otro siempre tiene “necesidad” de mí. Es lo que sucede en una familia: se ayuda al otro a crecer hacia el Señor cuando se le socorre y se le ayuda de la misma manera cuando se acepta humildemente su auxilio.

Hablamos de ayuda en los aspectos físicos y espirituales. Con frecuencia los dos aspectos están estrechamente ligados, el uno permitiendo la realización del otro. Encontramos que Francisco escribió una regla de pocas líneas con relación las ermitas. Las ermitas eran lugares que permitían a los hermanos efectuar períodos de retiros, “estancias en el desierto”. Aunque es difícil comparar estas estancias en el desierto con la vida familiar cotidiana, a pesar de todo la regla para las ermitas contiene algunas pequeñas precisiones que pueden “trasladarse” a la vida en familia. Las madres (los padres, en general) hagan la vida de Marta y los hijos (los hijos, en general) hagan la vida de María (REr 2). Las dos hermanas del evangelio simbolizan: una la vida activa y la otra la vida contemplativa. La cita evangélica parece indicar que, para Francisco, el sentido y el objetivo principal de la vida en la ermita era más el deseo místico y la búsqueda de Dios que la huida ascética del mundo. Del mismo modo, acoger con generosidad a los hijos y educarlos está más enfocado a tornar nuevos corazones y nuevas almas hacia nuestro Padre que está en los Cielos que a la “proliferación” de la especie. Un conocido terciario de san Francisco, el santo cura de Ars, resumía muy bien esta idea en sus sermones: “los padres y las madres deben saber que su ocupación más importante debe ser trabajar en la salvación de las almas de sus hijos y que ninguna otra obra debe pasar antes que ésta; es más, que su salvación está ligada a la de sus hijos”. Y como para él, al igual que Francisco, la vida es un inmenso campo del compartir, concluye que los hijos tomarán de vez en cuando el papel de madres, como para decir que los hijos deben igualmente ayudar a sus padres, material y espiritualmente.

Guardarse de las malas miradas y del trato frecuente con mujeres

El artículo 17 de nuestra regla (que estudiaremos un poco más adelante) nos habla sobre todo de fidelidad. Ahora bien, san Francisco da diversas prescripciones prácticas a sus hermanos, prescripciones que pueden concernir tanto a la fidelidad conyugal como, de manera más amplia, a la fidelidad al mandamiento divino: No cometerás adulterio (Éx 20, 14). Las primeras palabras del artículo 12 de la primera regla de Francisco resumen estas prescripciones prácticas: Todos los hermanos, dondequiera que estén o vayan, guárdense de las malas miradas y del trato frecuente con mujeres. Ante tal afirmación, que no parece adolecer de ninguna objeción, ¿debemos concluir que Francisco es un temible misógino? ¿O, peor aún, que sobreentiende que la mujer es objeto y fuente de pecado, y que el simple hecho de mirarla o de codearse con ella puede conllevar a la perdición? Esta conclusión tergiversaría por completo el pensamiento de Francisco. En primer lugar no hay que olvidar que cuando Francisco redactó este texto se dirigía a sus hermanos, a hombres que no beneficiaban de la “protección” de una clausura monástica. También, y respecto a la índole del texto, podemos estar seguros de que si se hubiera dirigido a las mujeres les habría prescrito, por ejemplo, vestirse de forma que no suscitaran las malas miradas de los hombres. Francisco no dice ni deja sobreentender que la mujer sea fuente u objeto de pecado. Simplemente sabe que el camino que utiliza Satanás con más frecuencia para seducir al alma humana es el lado carnal de la naturaleza * También podemos releer con provecho el inicio del capítulo 2 de este manual de formación, el cual nos relata las diferentes formas de tentación utilizadas por Satanás para crear una ruptura entre la criatura humana y su Creador.. Sabe también que (2CtaF 5), como lo dice san Pablo, el espíritu es fuerte pero la carne es débil (Mt 26, 41). Para Francisco, la virtud cardinal de la fortaleza que permite resistir a las tentaciones de la carne se conjuga con otras dos virtudes cardinales que son la templanza y la prudencia:

  1. Los hermanos deben guardarse de las malas miradas hacia las mujeres: así se domina el origen de lo que puede desencadenar las pasiones; es la templanza de la mirada. Si se mira a una mujer, no es su cuerpo lo que se debe mirar, sino su alma.
  2. Para que los hermanos que están en el mundo eviten la caída, Francisco prescribe la prudencia como virtud de fortaleza: Ninguno busque consejo con ellas, o con ellas vaya solo de camino (1R 12, 2). La prudencia que prescribe llega incluso a ordenar a sus hermanos que no tengan encuentros o cometan actos que puedan ser objeto de malas interpretaciones ante los ojos de terceros: Mando firmemente a todos los hermanos que no tengan con mujeres relaciones o consejos que engendren sospechas (…) para que no sea ello ocasión de escándalo entre los hermanos o a causa de los hermanos (2R 11).

Vemos así que las dos herramientas que Francisco prescribe a sus hermanos para ayudarlos a vivir su voto de castidad se pueden trasladar directamente a toda persona, aunque no sea hermano menor. Para esas otras personas significará el respeto de su voto de fidelidad, de su voto de castidad o, simplemente, el respeto del mandamiento divino: No cometerás adulterio. Así, marido o mujer, soltero o soltera, sacerdote… están concernidos por esas dos buenas herramientas prácticas que Francisco prescribe con firmeza: 1) No dirigir ninguna mala mirada (o, inversamente, no suscitar malas miradas); 2) No colocarse en situaciones que puedan favorecer la caída o que puedan prestarse a equívoco.

La virtud ahuyenta el vicio

Es el título de una de las admoniciones de Francisco (Adm 27). Se trata de una formidable presentación de las virtudes que hay que pedir al Señor para poder así vivirlas en familia:

LA FAMILIA

Artículo 17

Vivan en la propia familia el espíritu franciscano de paz, fidelidad y respeto a la vida, y esfuércense en convertirlo en el signo de un mundo ya renovado en Cristo * Regla de León XIII, II, 8..

Especialmente los casados, al vivir la gracia del matrimonio, den testimonio en el mundo del amor de Cristo a su Iglesia. Por medio de una educación cristiana, sencilla y abierta, atentos a la vocación de cada uno, recorran alegremente con sus hijos su itinerario humano y espiritual * Concilio Ecuménico Vaticano II, Constitución dogmática sobre la Iglesia, Lumen gentium 41, e: “…Los esposos y padres cristianos, siguiendo su propio camino, mediante la fidelidad en el amor, deben sostenerse mutuamente en la gracia a lo largo de toda la vida e inculcar la doctrina cristiana y las virtudes evangélicas a los hijos amorosamente recibidos de Dios. De esta manera ofrecen a todos el ejemplo de un incansable y generoso amor, contribuyen al establecimiento de la fraternidad en la caridad y se constituyen en testigos y colaboradores de la fecundidad de la madre Iglesia, como símbolo y participación de aquel amor con que Cristo amó a su Esposa y se entregó a Sí mismo por ella. Ejemplo parecido lo proporcionan, de otro modo, quienes viven en estado de viudez o de celibato, los cuales también pueden contribuir no poco a la santidad y a la actividad de la Iglesia. Aquellos que están dedicados a trabajos muchas veces fatigosos deben encontrar en esas ocupaciones humanas su propio perfeccionamiento, el medio de ayudar a sus conciudadanos y de contribuir a elevar el nivel de la sociedad entera y de la creación. Pero también es necesario que imiten en su activa caridad a Cristo, cuyas manos se ejercitaron en los trabajos manuales y que continúan trabajando en unión con el Padre para la salvación de todos. Gozosos en la esperanza, ayudándose unos a otros a llevar sus cargas, asciendan mediante su mismo trabajo diario, a una más alta santidad, incluso con proyección apostólica. Sepan también que están especialmente unidos a Cristo, paciente por la salvación del mundo, aquellos que se encuentran oprimidos por la pobreza, la enfermedad, los achaques y otros muchos sufrimientos, o los que padecen persecución por la justicia. A ellos el Señor, en el Evangelio, les proclamó bienaventurados, y “el Dios de toda gracia, el que os llamó a su eterna gloria en Cristo después que hayáis padecido un poco, os restablecerá, confirmará, robustecerá y hará inconmovibles” (1Pe 5, 10). Por tanto, todos los fieles cristianos, en las condiciones, ocupaciones o circunstancias de su vida, y a través de todo eso, se santificarán más cada día…”. + Decreto sobre el apostolado de los laicos 30, b, c: “La formación para el apostolado debe empezar desde la primera educación de los niños. Pero los adolescentes y los jóvenes han de iniciarse de una forma peculiar en el apostolado e imbuirse de este espíritu. Esta formación hay que ir completándola durante toda la vida, según lo exijan las nuevas empresas. Es claro, pues, que a quienes pertenece la educación cristiana están obligados también a dar la formación para el apostolado. En la familia es obligación de los padres disponer a sus hijos desde la niñez para el conocimiento del amor de Dios hacia todos los hombres, enseñarles gradualmente, sobre todo con el ejemplo, la preocupación por las necesidades del prójimo, tanto de orden material como espiritual. Toda la familia y su vida común sea como una iniciación al apostolado. Es necesario, además, educar a los niños para que, rebasando los límites de la familia, abran su alma a las comunidades, tanto eclesiásticas como temporales. Sean recibidos en la comunidad local de la parroquia, de suerte que adquieran en ella conciencia de que son miembros activos del Pueblo de Dios (...) Los maestros y educadores, que por su vocación y oficio ejercen una forma extraordinaria del apostolado seglar, han de estar formados en la doctrina necesaria y en la pedagogía para poder comunicar eficazmente esta educación. Los equipos y asociaciones seglares, ya busquen el apostolado, ya otros fines sobrenaturales, deben fomentar cuidadosa y asiduamente, según su fin y carácter, la formación para el apostolado. Ellas constituyen muchas veces el camino ordinario de la formación conveniente para el apostolado, pues en ellas se da una formación doctrinal espiritual y práctica. Sus miembros revisan, en pequeños equipos con los socios y amigos, los métodos y los frutos de su esfuerzo apostólico y examinan a la luz del Evangelio su método de vida diaria. Esta formación hay que ordenarla de manera que se tenga en cuenta todo el apostolado seglar, que ha de desarrollarse no sólo dentro de los mismos grupos de las asociaciones, sino en todas las circunstancias y por toda la vida, sobre todo profesional y social. Más aún, cada uno debe prepararse diligentemente para el apostolado, obligación que es más urgente en la vida adulta, porque avanzando la edad, el alma se abre mejor y cada uno puede descubrir con más exactitud los talentos con que Dios enriqueció su alma y aplicar con más eficacia los carismas que en el Espíritu Santo le dio para el bien de sus hermanos..

Vivan en la propia familia

La forma de vida de nuestra regla (es decir, el capítulo II en su conjunto) cubre un vasto campo de nuestra vida humana y espiritual. Sin embargo, los “sitios” donde se ha de vivir nuestra vida espiritual no nos son precisados, salvo una excepción: Vivan en la propia familia… ¡Podemos interrogarnos sobre la existencia de tal precisión en nuestra regla de vida! ¡¿Acaso no se nos ha indicado como para insistir a cada uno de nosotros que es “por ahí” que hay que comenzar…?! De la misma forma que la existencia humana, en su aspecto material, nace y crece en el seno de una familia, el aprendizaje del amor nace y crece en esta familia.

La familia, fundada y vivificada por el amor, es una comunidad de personas (los esposos, los padres y los hijos, los parientes). Su primer deber es vivir fielmente la realidad de la comunión en un esfuerzo constante por promover una auténtica comunidad de personas. El principio interior, la fuerza permanente y el objetivo último de tal deber es el amor. Del mismo modo que sin amor la familia no es una comunidad de personas, así también sin amor la familia no puede vivir, crecer y perfeccionarse en tanto que comunidad de personas. El hombre no puede vivir sin amor. Permanece para sí mismo un ser incomprensible, su vida está privada de sentido, si no le es revelado el amor, si no se encuentra con el amor, si no lo experimenta y no lo hace propio, si no participa en él vivamente * Juan Pablo II, exhortación apostólica Familiaris consortio, 18, op. cit..

Hay un elemento fundamental para construir tal comunión familiar: el del intercambio educativo entre padres e hijos, que permita a cada uno dar y recibir. ¿Se puede encontrar definición más bella de la vida familiar que las palabras de nuestro soberano pontífice Juan Pablo II: “dar y recibir”? Pero, ¿dar y recibir qué? Desde ahora podemos responder sin dificultad: dar y recibir todo aquello que un ser humano necesita para vivir, necesidades materiales (pan, vestido, techo…) y necesidad de amor. Pues la vida cristiana auténtica no es una negación o una separación radical de lo humano y de lo espiritual sino, por el contrario, una sublimación de lo humano en lo espiritual.

Vivir el espíritu franciscano de paz en su familia

¿Por qué hablar de espíritu franciscano de paz? ¿Acaso la paz constaría de diferentes facetas? ¡Sí!  Hay varias maneras de vivir la paz. La palabra que Jesucristo dirige a sus apóstoles lo da a entender claramente: La paz os dejo, mi paz os doy: no como el mundo la da la doy yo (Jn 14, 27). Si Cristo distingue su paz de la paz del mundo es porque hay necesariamente diferencias entre ellas. La paz del mundo se apoya con demasiada frecuencia en una relación de fuerza. Una expresión muy conocida testimonia esta confianza del mundo por la fuerza: ¡si quieres paz, prepara la guerra! Así, ¿cuántas veces se ve esta paz de los hombres depender del número o del poderío de las armas poseídas? Ahora bien, como nos lo indican los relatos de la historia de los pueblos, la paz de los hombres es particularmente frágil, ya que la fuerza no siempre ha estado del “mismo lado”, por no hablar más que de este aspecto de las cosas. Por el contrario, la paz de Dios es sin medida, sin límite. Se expresa en el amor infinito y misericordioso de Dios hacia el alma arrepentida. Y el espíritu franciscano de paz encuentra su origen en este amor de Dios que no conoce ningún límite. Los escritos de Francisco que hemos “trasladado” más arriba y que están destinados a la familia se aplican concretamente al espíritu franciscano de paz en la familia: ni disputas ni difamación, sino amor fraternal y espíritu de pobreza; amar al que nos golpea en la mejilla; compasión por el prójimo…

Para ayudarnos a profundizar y a asimilar este espíritu franciscano de paz, puede sernos útil releer y meditar las exhortaciones de Francisco sobre la familia señaladas más arriba, así como el capítulo XI del presente manual, consagrado por entero a la paz.

Vivir la fidelidad en la familia

La mayor parte del tiempo la fidelidad conyugal es vivida como el espacio que permite el desarrollo de la relación y del proyecto de vida, y no como una obligación * Anatrella, Tony, Epoux, heureux époux… Essai sur le lien conjugal, Ed. Flammarion, París, 2004, p. 78.. Para no redundar con las líneas precedentes que abordaban ya el tema de la fidelidad, limitaremos los comentarios a las siguientes preguntas:

  1. Desde antes del matrimonio, ¿cómo hay que prepararse a la fidelidad?
  2. ¿Por qué ser fiel? (hablaremos entonces de la indisolubilidad del matrimonio)
  3. ¿Cuáles son los “cimientos” de la fidelidad conyugal?
  4. Finalmente, ¿es posible reencontrar la pureza del alma tras una caída en el dominio de la fidelidad al divino mandamiento?
  1. Desde antes del matrimonio, ¿cómo hay que prepararse a la fidelidad? El día de la boda los esposos se dan el uno al otro, en cuerpo y alma, y de manera exclusiva. Es sobre todo para poder ofrecer esta exclusividad que un joven o una joven van a conservar su virginidad hasta el matrimonio. La posibilidad de ofrendar esta virginidad no es, evidentemente, la única ni la primera de las razones. La primera de todas las razones es lo que nos ordena el Creador en el texto del Génesis: Deja el hombre a su padre y a su madre y se une a su mujer, y vienen a ser los dos una sola carne (Gn 2, 24). Entonces no hay razón de invertir en la práctica lo que dice el texto, inversión que querría decir: ¡vienen a ser los dos una sola carne, puesto que el hombre se une a su mujer! Aunque el contexto social ambiente no promueve la virginidad antes del matrimonio, es por tanto en el momento del período de la vida en soltería cuando las personas pueden como que “entrenarse” a la fidelidad conyugal. Siempre será mucho más fácil para un hombre o una mujer que no han conocido ninguna aventura sexual antes de su boda ser fiel a su cónyuge más tarde.
  2. ¿Por qué ser fiel? Hablando de la unión del hombre y de la mujer en el matrimonio, san Pablo declara: Gran misterio es éste, el de Cristo y la Iglesia (Ef 5, 32). No hay que considerar entonces que la unión del hombre y la mujer se limita a una simple imitación de la unión de Cristo y la Iglesia; pero la unión del hombre y la mujer, por medio de un sacramento que produce verdaderamente lo que significa, participa realmente en ella. Decir que el matrimonio es un sacramento es decir que el lazo que une al hombre y a la mujer no es tan sólo un lazo humano, sino que el Espíritu Santo es ese lazo. A partir de esto podemos comprender las exigencias de la Iglesia en materia de indisolubilidad. La verdadera justificación de la indisolubilidad del matrimonio reside en eso: ya que la unión del hombre y la mujer es el signo eficaz de la unión de Cristo y la Iglesia (y por extensión de la humanidad entera), el hombre no puede separarse de su mujer, a imagen de Cristo que no se separa de su Iglesia. Por último, a esto se agrega la palabra que el Verbo de Dios, nuestro Señor Jesucristo, objeta a los fariseos que querían ponerlo a prueba: ¿No habéis leído la Biblia? Desde el principio de la creación: “varón y hembra los hizo; por eso, dejará el hombre a su padre y a su madre y vienen a ser los dos una sola carne”; de manera que ya no son dos, sino una sola carne. Por consiguiente, lo que Dios unió, no lo separe el hombre (Mc 10, 6-9). La Iglesia, educadora y madre, no es entonces ni el autor ni el árbitro de tal norma. Pero está convencida de que no puede haber una verdadera contradicción entre la ley divina concerniente a la transmisión de la vida y la que exige favorecer al verdadero amor conyugal. Pues la pedagogía concreta de la Iglesia debe siempre estar ligada a la ley divina y jamás separarse de ella. Nuestro soberano pontífice Juan Pablo II lo ha repetido con la misma convicción que su predecesor: No menoscabar en nada la saludable doctrina de Cristo es una forma de caridad eminente hacia las almas * Pablo VI, Encíclica Humanae vitae, 29..
  3. ¿Cuáles son los “cimientos” de la fidelidad conyugal? Para introducir la respuesta a esta pregunta permítasenos exponer aquí los resultados de una encuesta sobre el divorcio efectuada a inicios de la década de los ochenta en uno de los estados de América. Los resultados de la encuesta revelaban que:

Las dos principales conclusiones de esta encuesta se imponen por sí mismas: la primera es que los “cimientos” del matrimonio encuentran su origen en Dios. La segunda es que la oración es el canal por medio del cual se vierte la gracia divina en nuestras almas. Todos aquellos que aceptan abrir sus almas para acoger a su Creador, Redentor y Salvador, encuentran en Él las fuerzas sobrenaturales que les ayudan a vivir, desde aquí abajo, la alegría del Reino de los Cielos.

  1. ¿Es posible reencontrar la pureza del alma tras una caída en el dominio de la fidelidad al divino mandamiento? Dicho de otro modo, ¿una persona que ha cometido una(s) falta(s) contra la pureza puede “recobrar” su virginidad perdida? El Evangelio nos responde positivamente citando varios ejemplos de esta pureza recobrada, como en el pasaje de la pecadora arrepentida y perdonada: Por lo cual, yo te lo digo, le quedan perdonados sus pecados, sus muchos pecados, porque ha amado mucho. Luego le dijo a ella: “Perdonados te quedan tus pecados” (Lc 7, 47-48). Para demostrar hasta qué punto la restauración de la pureza es siempre posible, no obstante la bajeza y la multiplicidad de faltas que hayan podido ser cometidas, el Evangelio nos relata también una eminente reconciliación de la criatura con su Creador: la de María Magdalena, la mujer de los siete demonios. No era un solo demonio quien la poseía, ¡sino siete (Lc 8, 2), tantos como los pecados capitales! Pero su arrepentimiento y su buena voluntad de no pecar más le obtuvieron el perdón divino. De este modo, una persona primero culpable e imperfecta se vuelve justa, y entonces la consciencia se purifica en un baño de humildad, de contrición y de amor. Purificada así puede “rivalizar” con aquellos que son puros desde siempre porque no han caído nunca. ¡Qué grado de pureza ha podido recobrar María Magdalena para haber sido la primera beneficiaria de la aparición de Cristo resucitado la mañana del domingo de Pascua! * Podemos avanzar la hipótesis de que en el transcurso de la noche Jesús resucita y se aparece (primero) a su madre. Se trata de una mera hipótesis sostenida por la probabilidad y el hecho de que ella estaba en el Calvario pero no fue al sepulcro de su hijo: en proporción a sus pensamientos afligidos, los consuelos de su Dios acariciaban su alma (Ver Salmo 93). Lagrange y Lavergne, Synopse des quatre Evangiles en français d’après la synopse grecque, Librairie Lecoffre J. Gabalda & Cie. Editeurs, 1993, nota 306, p. 254.: Dícele Jesús: “¡María!”. Ella se vuelve y le dice en hebreo: “¡Rabbuní!” (que significa “Maestro”), y ¡qué misión única se le ha concedido a ella, la antigua pecadora de los siete demonios!: vete a mis hermanos y diles… (Jn 20, 16-17).

Vivir el respeto a la vida en la propia familia

En el análisis del artículo 17 de nuestra regla hemos podido distinguir la fidelidad del respeto a la vida. No es más que una pura necesidad pedagógica, pues el texto del artículo asocia los dos aspectos como si no formasen más que uno solo. Se trata de una cuestión de fidelidad y de respeto a la vida. Respetar la vida es, ante todo, vivir en la fidelidad al Señor, dóciles a todos sus mandamientos que son vida para el hombre. Amarás a tu Dios con todo tu corazón, con toda tu fuerza, con toda tu inteligencia y amarás a tu prójimo como a ti mismo. Ahora bien, en la perspectiva cristiana, el amor no es un sentimiento, pues éste último es forzosamente efímero, sino una actitud de espíritu durable que orienta la relación con el otro. El amor es una relación en devenir, una obra en construcción. Es un proyecto por realizarse más que una relación fija por siempre. Y encuentra su origen en el amor más grande que existe: el amor de Dios trinitario. Dios ama porque Dios es amor (1 Jn 4, 7-8), y este amor es pobre, humilde, sin poder, frágil, porque es desinteresado. Ha tomado un rostro humano a través de la persona de Cristo que, aceptando aparecer débil, sin invadir el espacio de nadie, ha venido a aniquilarse en la condición humana para revelarse a los hombres. Este amor de Dios trinitario significa también: quiero que vivas. Decir que Dios ama a todos los hombres es decir también que desea que todos los hombres vivan, en toda la extensión de la palabra, y no simplemente que residan sin conflictos entre ellos practicando una moral armoniosa. En otros términos, esto significa que en nombre de este amor no se puede aceptar todo, especialmente si una u otra actitud pone en peligro la vida. La caridad sólo comienza cuando se entabla una relación con Dios; es entonces cuando logra un alcance universal que conduce al sujeto a amar a sus semejantes -en el sentido de “desearles lo mejor”-, a ser responsable con ellos, a saber ser delicado y discreto, respetuoso. Este amor no tiene otra motivación más que la de ser creador, porque amar no consiste en renunciar o hacer morir sus deseos sino en inscribirlos en una significación más global. El amor cristiano invita así a renunciar a la posesión del otro y por lo tanto a la muerte de este último en sí mismo, para así liberar la pulsión de vida que permite crear lazos, a su vez fuente de alegría, de placer y de goce. * Estas últimas líneas están tomadas de Anatrella, Tony (CJ), L’Église et l’amour, Ed. Champs Flammarion, París, 2000, p. 86 y siguientes.

En este contexto comprendemos bien que en el seno de la familia, comunidad de personas, debe reservarse una atención muy especial a la acogida de la vida del hijo que Dios concede. Esta atención debe permitir desarrollar una profunda estima por la dignidad personal del hijo, del mismo modo que un gran respeto por sus derechos, que deben atenderse generosamente. Esto es válido para todos los hijos, pero es todavía más importante cuando el hijo es pequeño, o cuando está enfermo, indispuesto o discapacitado. En la Iglesia todos estamos llamados a dar a conocer y a proponer de nuevo en la historia el ejemplo y el mandamiento de Cristo nuestro Señor, quien quiso colocar al niño en el centro del Reino de Dios: Dejad que los niños vengan a mí, no lo impidáis; pues el reino de Dios es de los que son como ellos (Mt 19, 14; Mc 10, 14; Lc 18, 16). * Juan Pablo II, exhortación apostólica Familiaris consortio, 26, op. cit.

Signo de un mundo ya renovado en Cristo

En un mundo donde la ley del más fuerte es siempre la mejor…

En un mundo que promociona comportamientos reductores o alienantes para el hombre, comportamientos sobre los que no queremos interrogarnos, sino simplemente legitimar…

En un mundo que niega la vida al otro, en particular en los momentos más frágiles de su existencia, negación de la vida erigida en norma social a la que el ciudadano debe adherirse…

… los hermanos y hermanas seglares de san Francisco vivan en la propia familia el espíritu franciscano de paz, fidelidad y respeto a la vida, y esfuércense en convertirlo en el signo de un mundo ya renovado en Cristo. Renovado significa dejar como nuevo, con una connotación de renacimiento tras algo caído. Así, en un mundo que no ama, o que ama poco o mal, lo que se traduce necesariamente en la muerte del otro o de una parte del otro, ¿qué es lo que significa ser el signo de un mundo ya renovado en Cristo? Pues vivir según la palabra de Cristo mismo, Palabra de amor y Palabra de vida:

El matrimonio, una bella aventura

El matrimonio, como cualquier otro sacramento, no es un toque de varita mágica que, una vez recibido, permite obrar y durar sin esfuerzo. Los resultados estadísticos de la encuesta evocada líneas arriba son la prueba elocuente. También, y antes de hablar de las gracias del matrimonio, permítasenos utilizar una metáfora, destinada a la vez a los casados y también a los futuros esposos, sobre el discernimiento que deben efectuar antes del compromiso. Esta metáfora es la de un gran buque de vela. Éste se compone en primer lugar de un casco. De todos los elementos constitutivos del buque el casco es el más pesado de ellos. Este casco simboliza el cuerpo, con sus pulsiones, sus pasiones y… sus límites. En un buque, el casco no podría bastarse a sí mismo, del mismo modo que en la vida el aspecto físico no puede bastar por sí mismo. Si se colocase el casco de un buque justo en medio del mar, por más imponentes que sean sus dimensiones podemos estar seguros de que, tarde o temprano, este casco abandonado a su suerte iría a estrellarse en los peñascos. Sucede lo mismo en una relación conyugal. Aunque el físico es parte integrante de la relación conyugal no basta por sí mismo para vivir, en toda la extensión de la palabra. Entonces es necesario algo, además, que permita hacer avanzar al buque. Ese algo son las velas. Éstas simbolizan el amor. La Iglesia, desde sus orígenes, ha debido afrontar varios modelos de matrimonios que excluían el sentimiento amoroso de la relación conyugal. Sin embargo, el amor que experimentan los cónyuges el uno por el otro no es menos necesario que las velas para hacer avanzar el buque. No obstante, incluso con las velas, el más hermoso de los buques puede aún irse a estrellar en los peñascos, pues si bien las velas permiten que el buque avance, son insuficientes para dirigir el buque. Es necesario entonces un tercer elemento, el más pequeño de todos, que permite al buque ir adonde se quiere que vaya. Este elemento es el timón, que simboliza la voluntad. Pero, ¿la voluntad de qué?

Esta pedagogía abarca toda la vida conyugal. La preocupación de dar y transmitir la vida se integra en la totalidad de la misión de la vida cristiana que, sin la cruz, no puede alcanzar la resurrección. En este contexto se comprende que no es posible suprimir el sacrificio en la vida de la familia, por el contrario, es necesario aceptarlo de buen grado (es la necesidad de existencia del timón) con el objetivo de que el amor conyugal, día tras día, se profundice y se convierta en fuente de íntima alegría.

La gracia del matrimonio

Es en la celebración misma del sacramento del matrimonio donde encontramos enumeradas las principales de las numerosas gracias del matrimonio cristiano. El celebrante se dirige a los novios con estas palabras:

Habéis escuchado la Palabra de Dios que ha revelado a los hombres el sentido del amor y del matrimonio. ¡Sí! Es la palabra de Dios la que nos revela que Dios es Amor, que es fuente de todo amor y que nuestra razón de ser, es decir, la orientación de toda nuestra vida, es amar. El sacramento del matrimonio ofrece a los esposos la posibilidad de vivir una relación de amor con Dios. Por medio del sacramento Dios nos da el Espíritu Santo, la fuerza del amor, el cual va a santificar el amor de los esposos el uno por el otro. Entre más consoliden los esposos su unión en un mismo amor de Dios, más recibirán la gracia de este sacramento. Luego el celebrante continúa y los novios responden…

Vais a comprometeros el uno hacia el otro. ¿Lo hacéis libremente y sin coacción? La pregunta planteada por el celebrante no es anodina. El sacramento del matrimonio, para que sea válido y porte sus frutos, reclama la libertad sin coacción de los novios en su compromiso: Sí, responden. Desde sus orígenes la Iglesia exige que el matrimonio sea un matrimonio de amor. Si uno de los novios estima que ha sido coaccionado para venir “al final del pasillo” podría (debería) responder no a la pregunta planteada por el celebrante. El mundo presente en la ceremonia podría entonces lamentar que ese no se exprese de manera tan tardía. ¡Cuándo menos! El matrimonio no es una simple formalidad administrativa o un contrato civil que puede romperse. Es un sacramento que une, de manera indisoluble, a un hombre y una mujer por toda la vida. Entonces el compromiso debe ser sin mácula. Luego el celebrante continúa y los novios responden…

Vais a prometeros fidelidad. ¿Es por toda vuestra vida? En el momento preciso en que los novios se unen por medio de un consentimiento expresado de manera sensible, reciben un aumento de la gracia santificante, es decir, de ese don que Dios hace de sí mismo viniendo a morar en su alma. El sacramento del matrimonio da igualmente gracias actuales, es decir, ese don sobrenatural pasajero que Dios da para ayudar a hacer el bien y para evitar el mal. Esas gracias recibidas brotan en el momento oportuno para afirmar el amor conyugal y ayudar a los esposos a permanecer fieles el uno hacia el otro. Luego el celebrante continúa y los novios responden…

En el hogar que vais a fundar, ¿aceptaréis la responsabilidad de esposos y de padres? La primera gracia visible del matrimonio es la de convertirse en el esposo del otro. Por medio del consentimiento de los novios, las virtudes teologales y morales toman en ellos un nuevo vigor. La caridad, sobre todo, se perfecciona, la paciencia se vuelve más resistente, la piedad más profunda. Esas gracias se traducirán concretamente por medio de la ayuda mutua de los esposos el uno hacia el otro. Pero hay también otra gracia en el matrimonio: la fecundidad. La primera fecundidad en la que se piensa, es evidentemente la alegría de acoger todos los hijos que Dios pueda conceder a la pareja. Esta gracia de la fecundidad reclama otra gracia: la de asumir la responsabilidad (en el sentido positivo del término) de educar al niño. ¡Qué hermoso es este término, educar! Pues si bien se adiestra a un animal, el niño, por su parte, es educado por sus padres. Educarlo en su vida humana, lo que lo conducirá a asumir a su vez su propia existencia cuando sea adulto; educarlo en su vida espiritual para que sepa orientar su alma y su obrar hacia nuestro Padre Celestial.

El intercambio de consentimientos: notaremos de paso los términos utilizados. Si bien encontramos el “yo” y el “tú” (como legítimamente puede esperarse), encontramos también términos que explicitan el estado de espíritu de lo que es la vida conyugal, orientada por completo hacia la acogida del otro y el don de sí: …te recibo como esposa y me doy a ti para amarte fielmente a todo lo largo de nuestra vida. Así, el cónyuge recibe al otro, pero no lo toma; el cónyuge se da al otro, lo que no debe ser ocasión para ese otro de reclamar lo que se le debe. El sacramento del matrimonio concluye con la bendición y el intercambio de alianzas…

Las alianzas no son “anillos” que obstaculizan la libertad de aquellos que están así ligados. Las alianzas son el signo visible, aunque silencioso, dado ante los ojos de todos los hombres, de la voluntad de los esposos de guardarse siempre una perfecta fidelidad, así como Cristo y su esposa, la Iglesia, son fieles el uno hacia el otro.

Dando testimonio en el mundo del amor de Cristo a su Iglesia

En el Antiguo Testamento, los profetas expresaron espontáneamente las relaciones de Dios con su criatura bajo la imagen de la unión conyugal y, a veces, por desgracia, de la desunión conyugal. De manera instintiva recurrieron a lo que hay de más fuerte en el orden de la naturaleza, la unión de los esposos, dos en una sola carne, para figurar lo que hay de más fuerte en el orden de la gracia: la unión con Dios por medio de la comunidad de pensamiento, de deseo y de amor.

Algunas veces se encuentra, al tornar alguna página de la Suma Teológica de santo Tomás de Aquino, un párrafo de síntesis, frecuentemente rápido, a veces inesperado, siempre sorprendente. El que se va a tratar ahora, no el menor, nos interesa particularmente: Hay, dice santo Tomás, cuatro grandes sacramentos: el bautizo, en razón de sus efectos; la confirmación, en razón de su ministro; la eucaristía, en razón de su contenido; por último el matrimonio, en razón de lo que significa, de lo que es signo * Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica, parte IIIa, q. 65 art, 5 ad 4, q. 67, art. 2 ad 3.. Y de hecho, cuando san Pablo habla del matrimonio cristiano, enseña que el marido debe amar a su mujer y tratarla del mismo modo que a su propio cuerpo. Y encuentra el modelo en el amor de Cristo por su Cuerpo que es la Iglesia: Gran misterio es éste, quiero decir, el de Cristo y la Iglesia (Ef 5, 32). De esto resulta la paradoja de que ese sacramento, que aparece como el más comprometido con el realismo carnal, porque tiene por materia y por forma la función de la naturaleza misma, el amor humano en todas sus dimensiones, incluida la dimensión física, es también el más místico, el más cargado de significación espiritual * Lo es a tal punto que incluso aquellos que han renunciado al matrimonio por el reino de los cielos (Mt 19, 12) viven “de lleno” la realidad sobrenatural en Cristo y en su Iglesia: lo real verdadero, es lo invisible..

Así, el amor humano, el amor del hombre por la mujer, es la manifestación más visible en el mundo del amor de Cristo por su Iglesia. Y nuestro artículo 17 invita a los hermanos y hermanas seglares de san Francisco que están casados a manifestar esta realidad ante los ojos del mundo viviendo la gracia del matrimonio en su vida conyugal. ¡Vaya misión! ¡Vaya razón sobrenatural de escuchar y de seguir las exhortaciones para la familia, tan simples y naturales, de Francisco!

Educación cristiana, sencilla y abierta

Educación cristiana, esto significa que los padres tienen la misión de educar a sus hijos cristianamente. Ningún pastor del alma, tan talentoso como pueda ser, podrá jamás transmitir la fe al niño tan simple y profundamente como los padres mismos. La familia es el primer y principal lugar en el que se transmite la fe. A riesgo de ser repetitivos, recordemos lo que el santo cura de Ars decía: “los padres y las madres deben saber que su ocupación más importante debe ser trabajar en la salvación de las almas de sus hijos y que ninguna otra obra debe pasar antes que ésta; es más, que su salvación está ligada a la de sus hijos”.

No vamos a considerar que por no haber seguido jamás estudios teológicos, los padres deban o puedan sustraerse a su misión educadora y evangelizadora respecto a sus hijos. La familia es una iglesia doméstica. Se acompaña de una “escuela al servicio del Señor”, como lo diría san Benito, de un pequeño monasterio familiar donde toda la familia, padres e hijos, se aplica al estudio y a la profundización de las cosas de Dios, a la práctica de la oración en común, a la participación activa y consciente en la vida litúrgica de la Iglesia. ¿Qué puede ser más sencillo que orar juntos cada día? ¿Qué puede ser más sencillo que construir en familia un nacimiento al inicio del adviento? ¿Y qué hablar, durante las semanas que preceden a la Navidad, del advenimiento de Cristo en la tierra? Son éstas formas muy sencillas de educar a sus hijos en la fe. O, si se quiere descorchar una “buena botella” el día de la fiesta nacional, está bien, y Dios no lo prohíbe; pero si se hace en domingo cuando se ha oído proclamar el evangelio de las bodas de Caná, por ejemplo, y se explica a los hijos lo que vale ese pequeño extra * Referente a esto, y si el ejemplo da ideas a algunos, podrían releer con provecho el apartado titulado “El agua convertida en vino: construcción de un mundo más fraterno y evangélico”, que se encuentra en el capítulo VII del presente manual., ¡seguramente es mejor!

Abierto se define como “lo que no ofrece obstáculo natural o artificial”. Pero, ¿qué es lo significa una educación cristiana “abierta”? La nota a la que reenvía el artículo 17 de nuestra regla hace referencia al decreto sobre el apostolado de los laicos, el cual nos ofrece algunas pistas para encontrar respuesta a esto. Se precisa que es necesario educar a los niños para que, rebasando los límites de la familia, abran su alma a las comunidades, tanto eclesiásticas como temporales. No es cuestión entonces de “encerrar” al niño en el nido familiar; el pajarillo debe un día emprender el vuelo y volar con sus propias alas, encontrando así al resto del mundo, con todo lo que esto implica. Actuando así, el niño se descubre a sí mismo y descubre siempre más a su Creador y lo que Dios espera de él. El decreto continúa así con lo referente a este tema: avanzando la edad, el alma se abre mejor y cada uno puede descubrir con más exactitud los talentos con que Dios enriqueció su alma y aplicar con más eficacia los carismas que en el Espíritu Santo le dio para el bien de sus hermanos. En sus aplicaciones concretas, la educación cristiana abierta consistirá sobre todo en hacer tomar consciencia al niño de que Dios ama a todos los hombres y que nos invita a hacer lo mismo (si amáis a aquellos que os aman ¿qué bien hacéis? ¿No hacen lo mismo los pecadores? Amad a vuestros enemigos…). Esto se traduce también, por ejemplo, en no considerar ninguna pregunta del niño como si no mereciese repuesta (no hay pregunta que sea tabú).

Atentos a la vocación de cada uno

Esta precisión de nuestra regla, atentos a la vocación de cada uno, cubre dos aspectos de la educación de los hijos que se completan el uno al otro sin contraponerse. En primer lugar, resulta que cada hijo tiene su vocación (vocación al matrimonio, a la vida religiosa, al sacerdocio…). No les corresponde a los padres tener la vocación en lugar de sus hijos. Sin embargo, y este es el segundo aspecto, los padres no pueden considerar que la vocación de su hijo no les concierne, ¡que no es su problema! Deben estar atentos a ella, es decir, deben rodear de atención a cada hijo, saber dialogar con él para ayudarlo a discernir lo que está bien o lo que está mal. Francisco de Asís, en una carta que escribe al hermano León en respuesta a una pregunta de este último, al que le gustaría finalmente que Francisco “decida” en su lugar, describe a la perfección ese doble aspecto que toca a los padres. Notaremos de paso que Francisco, en esta circunstancia, se compara a una madre que habla a su hijo, lo que conviene perfectamente a nuestro tema: Hermano León, tu hermano Francisco: salud y paz. Esto te digo, hijo mío, como una madre: que todas las palabras que hemos dicho en el camino (lo que podríamos traducir por: todo lo que te hemos aportado, tu padre y yo, durante estos años en los que te hemos ayudado a crecer), te las resumo brevemente en una palabra y un consejo (…): que hagas, con la bendición de Dios y mi obediencia, como mejor te parezca que agradas al Señor Dios y sigas sus huellas y pobreza. Francisco deja a León una total libertad de elección, así como los padres deben dejar a sus hijos una total libertad en la elección de su vocación. Pero dejar una total libertad de elección no significa no mostrar ningún interés por el niño. Francisco se preocupa por la orientación general de la elección, aquella que no puede escatimarse sea cual sea la elección de la vocación: agradar al Señor y seguir sus huellas y su pobreza. Los padres deben hacer prueba de esta misma atención hacia sus hijos. Y Francisco concluye, como para tranquilizar totalmente a su hermano León de que no lo abandona, al contrario, de que está atento a su persona: Y si es necesario para tu alma o  para tu consuelo, y quieres venir a mí, ven, León.

Recorran alegremente con sus hijos su itinerario humano y espiritual

¡El niño no es una carga! Es un don de Dios ¡Y qué don! Es la vida dada por Dios, es la creación que prosigue dando a los padres la gracia de participar en la creación divina. Los padres deben poder cantar con María: “El Poderoso ha hecho obras grandes por mí:su nombre es santo”. Nada de tristeza, entonces, en el Magníficat de María con el que nuestra regla nos invita a comulgar. La alegría es además uno de los carismas franciscanos. Francisco nota un día que uno de sus compañeros tiene el aire sombrío y apesadumbrado; lo increpa un poco rudamente: No va bien en el siervo de Dios presentarse triste y turbado ante los hombres, sino siempre amable. Tus pecados examínalos en la celda; llora y gime delante de tu Dios. Cuando vuelvas a donde están los hermanos, depuesta la melancolía, confórmate a los demás (2C 128). Francisco tiene tanta estima por la persona llena de alegría espiritual que, en un capítulo, inserta esta recomendación en la regla: Los hermanos (…) guárdense de mostrarse exteriormente tristes e hipócritamente sombríos; antes bien, muéstrense gozosos en el Señor y alegres y convenientemente agradables (1R 7, 15-16). Pero, ¿vivir en la alegría tiene por efecto borrar toda dificultad? Un viejo dicho expresa con mucha fineza, pero con no menos pertinencia, las dificultades que todo padre está obligado a conocer con sus hijos: “hijos chicos, chicos dolorcillos; hijos mayores, grandes dolores”. Y nadie parece exonerado de esas inevitables inquietudes parentales. Observemos el tormento de María y José, que buscan en vano durante tres días a su “pequeño Jesús fugitivo”: Pero, hijo, ¿por qué nos has hecho esto? Mira que tu padre y yo, llenos de angustia, te estábamos buscando (Lc 2, 48). ¡Vaya chico, el pequeño Jesús! Y no se detuvo ahí porque, más tarde, una espada va a atravesar el corazón de su mamá… Sin embargo, incluso en las dificultades, el Evangelio nos describe la confianza de María: su madre retenía cuidadosamente todas estas cosas en su corazón (Lc 2, 51). Con María no se trata jamás de una alegría exuberante, atronadora. Es una alegría interior que habita todo su ser: Canta mi alma la grandeza del Señor, y mi espíritu salta de gozo en Dios, mi salvador (Lc 1, 46-47).

Pero, ¿qué es lo que deben seguir alegremente los padres con sus hijos? El itinerario, es decir, un recorrido en constante evolución. Primero itinerario humano, luego, enseguida, itinerario espiritual. Así, como padre, no puede considerarse únicamente el aspecto espiritual en el itinerario de nuestros hijos, incluso si este último es, “al final del camino”, el más importante. Así faltaría equilibrio. Para no “olvidar” el seguimiento del itinerario humano, notemos cómo nuestra regla lo cita en primer lugar en su enumeración, como para significarnos que es por ahí que hay que comenzar y, al mismo tiempo, que no es por ahí que hay que terminar… Sigamos en esto el ejemplo de nuestro Creador. Él supo rodear la Encarnación de su Hijo dándole padres humanos que lo han alimentado, vestido, enseñado a caminar, etc.… Y, rápidamente, como para recordar a los padres que no sólo hay lo humano, Dios Padre nos da esta frase por boca de su pequeño hombrecito: ¿No sabíais que tenía que estar en la casa de mi Padre? (Lc 2, 49).

Por último, en la frase recorran alegremente con sus hijos su itinerario humano y espiritual, ¿qué es lo que significa el uso del singular su itinerario precedido del plural sus hijos? Varias cosas en realidad. La primera cosa que parece imponerse es que cada hijo es único. Así, si se vive alegremente en familia con todos sus hijos, es a cada hijo, tomado en su individualidad, que se debe estar atento. Pero esta frase de nuestra regla conoce otro significado que se agrega al que acaba de mencionarse: los padres mismos están invitados a recorrer alegremente su propio itinerario humano y espiritual, y a hacerlo con sus hijos. Y, con la Madre de Jesús, podrán cantar entonces: “Desde ahora me felicitarán todas las generaciones”…

PREGUNTAS

¿He aprendido bien?

  1. El hombre y la mujer tienen el deber de llegar a ser siempre más de lo que ya son. Pero, ¿qué es lo que ya son? Por otra parte, ¿qué es la familia?
  2. ¿Puedo repetir las respuestas de Francisco a las siguientes preguntas?:
  3. El santo cura de Ars, él mismo terciario de san Francisco, nos enseña cuál debe ser la ocupación más grande que deben tener los padres y las madres de familia. ¿Soy capaz de repetir cuál es esta preocupación?

Para profundizar

  1. La liturgia propone el salmo 127 entre las dos lecturas con ocasión del sacramento del matrimonio. ¿Puedo lograr extraer el sentido espiritual alegórico, el sentido espiritual moral y el sentido espiritual anagógico (véase, si es necesario, las definiciones de estos diferentes sentidos al principio del capítulo VII)? Casado, padre, hijo, soltero, sacerdote o religioso, ¿qué resonancia puede tener esta Palabra de Dios en mi vida?
  2. Tras haber hecho un pequeño análisis sintético del artículo 11 de la primera regla de Francisco, y a la vista de ésta, ¿puedo decidir los esfuerzos que debo poner en acción a partir de hoy, con la gracia de Dios, hacia mi cónyuge, mis hijos, mis padres?
  3. Beneficiario de una filiación humana o de una filiación espiritual, ¿qué medio en concreto voy a poner en acción con “mis” hijos para trabajar por la salvación de su alma?
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Realizado por www.pbdi.fr Ilustrado por Laurent Bidot Traducción : Lenina Craipeau